
En el momento que vi aquel pelo negro azulado despuntar desde el mercedes plateado que pasó por la puerta de la tintorería de la que salía aquella tarde, descubrí que mi esposa estaba, probablemente, acostándose con un hombre que no era yo / Un profesor de latín que trabajaba en el instituto de mi esposa y a quien en la sala de profesores llamaban Kevin por su discutible parecido con el de Bailando con Lobos estaba metiendo a ratos su lengua muerta en mi féretro matrimonial / La primera vez que lo vi yo iba con mi mujer, él saludó desde su mercedes de segunda mano mientras dejaba atrás una avenida cercana / La segunda vez que lo vi fue en una gasolinera del extrarradio. Tenía un viaje de trabajo ese día y paré a repostar. Cuando estaba pagando mi gasoil en la caja y me giré, lo encontré tras de mi con una caja de preservativos –de doce unidades – presto a pagar. Llevaba una horrible camisa de cuadros rojos y blancos como el mantel de una pizzería y unos pantalones multibolsillos. Sabía perfectamente dónde, y hablo de forma anatómica, iba a meter Kevin esos condones retardantes y se me ocurrió una extraña idea. Llamé para cancelar mi reunión y compré en un PRYCA la ropa más parecida que encontré a la que llevaba el amante de mi esposa / Cuando llegué a mi casa horas después vi el mercedes aparcado tras una esquina. Vestido como Kevin me postulé ante la puerta y pegué la oreja. Escuché una fuerte discusión y supuse que el otro había comentado equívocamente a mi mujer que me había visto aquella misma mañana. Me pareció el momento oportuno, y entré apresurado empujando la puerta y a Kevin, que estaba detrás. Ahí estaban los dos, un poco avergonzados y muy extrañados por verme vestido igual que al otro. Formábamos en medio del salón un triangulo amoroso en toda regla, con Kevin y mi mujer equidistantes. De repente, me abalancé contra él deshaciendo el triangulo en una línea recta, que cuando mi esposa acudió a separarnos terminó convirtiéndose en un punto, como éste.
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